Cargamos una corona invisible:
de espinas oxidadas,
de naturaleza muerta
o de latón que pesa.
En la misma calle rota,
un anciano olvida a dónde iba,
un niño vende chicles bajo la
lluvia
una mujer arrastra bolsas llenas
de latas vencidas,
pero el mendigo que comparte su
pan
y el banquero que condiciona su
firma
llevan el mismo trono dentro:
frágil, sucio, audaz
tienen un corazón que late
con dolor, con fuerza o ahogado
por facturas, por gritos o silencios.
Esta tierra es divina a ratos:
huele a sangre seca y a jazmín
fresco,
a desperdicios y a pan recién
horneado.
A veces
los tesoros son una moneda
encontrada
en el bolsillo de un abrigo
viejo,
suficiente para un café caliente en
la mañana más fría
y con ese brillo nos basta.
No hay maldad pura,
sólo manos que tiemblan
cuando aprietan el gatillo o el
puño,
la fortuna es efímera
pero el aliento
—nuestro aliento—
entra
sale,
y en este reino
se queda.