13.1.26

Realeza


Cargamos una corona invisible:

de espinas oxidadas,

de naturaleza muerta

o de latón que pesa.

 

En la misma calle rota,

un anciano olvida a dónde iba,

un niño vende chicles bajo la lluvia

una mujer arrastra bolsas llenas

de latas vencidas,

pero el mendigo que comparte su pan

y el banquero que condiciona su firma

llevan el mismo trono dentro:

frágil, sucio, audaz

tienen un corazón que late

con dolor, con fuerza o ahogado

por facturas, por gritos o silencios.

 

Esta tierra es divina a ratos:

huele a sangre seca y a jazmín fresco,

a desperdicios y a pan recién horneado.


A veces

los tesoros son una moneda encontrada

en el bolsillo de un abrigo viejo,

suficiente para un café caliente en la mañana más fría

y con ese brillo nos basta.

 

No hay maldad pura,

sólo manos que tiemblan

cuando aprietan el gatillo o el puño,

la fortuna es efímera

pero el aliento

—nuestro aliento—

entra

sale,

y en este reino

se queda.




 

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