“Se cayó el sistema, se calló el sistema, se encalló el
sistema”.
Nada nuevo bajo el sol. El sistema se derrumba ante el
silencio atónito de quienes le pertenecemos.
Nada debes, nada tienes, todo temes.
El insufrible hogar se ha roto; el único sitio al que reconocíamos
como tal se ha reducido a una
pantalla azul y un teclado apisonado por los
dedos con manicura rosa mosqueta de una señorita que actúa cínica e indiferente
ante la afortunada desgracia de la misteriosa caída con y sin precedentes.
Sin un sistema, los números de tarjetas y credenciales se disuelven en un
universo de dioses binarios, somos contribuyentes sin registro tangible.
Quedamos náufragos a los pies de una burocracia
desfalleciente que va tuerta por los historiales crediticios y oficiales.
Estamos extintos, hemos de comenzar de nuevo.
Construir nuevas formas de registro, como portar un
brazalete con el nombre que escojamos en nuestro agnóstico Bar mitzvá y nuestras credenciales serán verbales;
diremos la verdad y nada más que la verdad…
“El sistema ha vuelto, el sistema ha vuelto a funcionar”.
La pantalla azul recobra su luminosa paleta de colores; todos los historiales
detrás de todos los nombres codificados para comprensión robótica y no humana están a la distancia de dos teclazos.
Se ha erigido el padre para devorar sus propias ramas.
Nada nuevo bajo el sol.
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